Voluntad de Dios: cómo aprender a confiar en el sufrimiento

¿Qué hacemos cuando la voluntad de Dios no se parece a lo que esperábamos? Una reflexión personal sobre aprender a confiar en Dios aun en medio del sufrimiento.

Persona reflexionando sobre la voluntad de Dios y la fe en tiempos difíciles

Hace ya algún tiempo escribo en este blog junto con mi esposa y mi familia sobre lo que estamos viviendo en este proceso. Y después de tres meses en Suiza, donde tuvimos la oportunidad de aprender más del Señor a través de Prisma, regresamos a casa con muchas cosas en la cabeza y en el corazón. Nuestra experiencia en Prisma nos confrontó con las misiones desde diferentes perspectivas y nos hizo entender cuánto nos falta todavía por aprender. Si quieres conocer más de lo que vivimos en ese tiempo, puedes leer Experiencia en Prisma: lo que aprendimos sobre la misión y la fe.

Prisma fue una experiencia increíble. Nos confrontó con las misiones desde diferentes perspectivas: la nutrición, el trabajo en campo, las misiones transculturales y diferentes realidades que nos hicieron entender cuánto nos falta todavía por aprender. También tuvimos cursos sobre el mundo musulmán, un tema que quiero seguir estudiando y conociendo mucho más.

Fueron tres meses desafiantes, intensos y muy lindos. Definitivamente los volvería a vivir. Es más, a veces pienso que me gustaría volver a comenzar Prisma exactamente como lo terminé.

Pero ya estamos de vuelta. Y volver a casa también significó volver a nuestra realidad.

Volver a casa también significó volver a nuestra realidad

Lo primero con lo que nos encontramos fue, creo yo, con nuestro estado financiero. Con esa dependencia de Dios mes a mes, semana a semana. Después vino un tema de salud. Primero Aik’na, luego Sandra y ahora también yo, con exámenes y chequeos. Y, además, hace unas semanas comenzó un proceso familiar que ha sido particularmente difícil para mí.
Un tío mío, alguien muy querido, está atravesando una situación delicada de salud. Y en medio de todas estas pruebas, después de venir de esa especie de burbuja que fue Prisma, después de haber tenido tantos espacios para pensar, meditar, tomar decisiones y procesar todo lo vivido, la realidad comenzó a golpear.

El primer mes después de regresar fue como un tiempo para digerir todo lo que habíamos vivido. Teníamos muchas cosas por pensar y muchas cosas por hacer. Pero de pronto llegó el tema de la salud y después, lo de mi tío. Y por un momento, todo aquello que teníamos en mente hacer, todo lo que nos faltaba avanzar, todos nuestros planes, simplemente se desenfocó.

Cuando empecé a preguntarle a Dios qué quería mostrarme

En medio de todo esto he estado buscando mucho al Señor. Empecé un estudio de Hechos y luego llegué a Romanos. Y fue precisamente en Romanos 12 donde encontré unas palabras que, en este momento de mi vida, comenzaron a tener un significado diferente.

“No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente. Así podrán comprobar cómo es la voluntad de Dios: buena, agradable y perfecta.” — Romanos 12:2, NVI

Cuando leí este versículo estaba viviendo uno de esos días en los que me enteraba de ciertas cosas que afligían profundamente mi corazón. Tenía un nudo en la garganta. No sabía cómo expresar lo que estaba sintiendo. Y justo ese día —también el día anterior y esa misma mañana— le estaba diciendo al Señor: “Señor, ¿de qué quieres hablarme? ¿Qué quieres mostrarme en este tiempo?”. Y cuando leí Romanos 12:2, sentí que comenzaba a entender un poco de lo que Dios estaba hablando a mi corazón.
Porque siempre había leído este versículo casi como un cliché cristiano. Creo que todos lo hemos escuchado cientos de veces: “La voluntad de Dios es buena, agradable y perfecta”. Pero esta vez lo leí desde otro lugar. Esta vez estaba preguntándome:

¿Qué hago cuando la voluntad de Dios no se parece a lo que yo esperaba?

Una mente renovada aprende a discernir la voluntad de Dios

Y ahí comencé a ver algo que antes quizás no había considerado con tanta profundidad. Pablo no comienza hablando directamente de la voluntad de Dios. Primero dice: “Sean transformados mediante la renovación de su mente”.

La palabra griega que se traduce como “transformados” es metamorphóō, de donde viene nuestra palabra “metamorfosis”. Pablo está hablando de una transformación profunda, de un cambio en nuestra manera de ser y de pensar. Luego habla de la “renovación” de nuestra mente. La palabra utilizada es anakainōsis, que comunica la idea de renovación, de hacer nuevo.

Y la palabra que se traduce como “mente” es nous, que puede referirse a nuestra mente, nuestro entendimiento, nuestra capacidad de comprender y razonar. No está hablando simplemente de pensar positivo. Está hablando de que Dios transforme nuestra manera de pensar.

Y entonces aparece una palabra que me parece fundamental: “comprobar”. El verbo griego utilizado es dokimazō, que tiene la idea de probar, examinar, discernir y reconocer aquello que ha sido probado. Es decir, Pablo conecta la renovación de nuestra mente con nuestra capacidad de discernir la voluntad de Dios.

Y eso me confrontó. Porque quizás muchas veces nosotros queremos conocer primero la voluntad de Dios y después cambiar nuestra manera de pensar. Pero Pablo presenta el proceso de otra manera:

Una mente que está siendo renovada aprende a discernir la voluntad de Dios.

Y entonces Pablo describe esa voluntad utilizando tres palabras: buena, agradable y perfecta. Podríamos pensar que decir “perfecta” ya sería suficiente. Pero Pablo también la describe como buena y agradable. No creo necesariamente que esté intentando darnos tres definiciones completamente separadas de la voluntad de Dios. Pero sí nos permite contemplarla desde estas tres características.

Cuando la voluntad de Dios no se parece a lo que esperaba

Muchas veces evaluamos la voluntad de Dios desde lo que estamos viviendo. Yo, en este caso, con lo de mi tío, me preguntaba: “¿Dónde está la voluntad de Dios? ¿Cómo entiendo esto? ¿Cómo puede ser esto bueno? ¿Cómo puede ser agradable? ¿Cómo puede ser perfecto?”. Porque desde mi perspectiva, desde mis emociones y desde lo que estaba viviendo, no se sentía así.

Pero una circunstancia que no se siente buena, agradable o perfecta desde nuestra perspectiva no cambia el carácter de Dios. Hay situaciones que duelen, hay diagnósticos que asustan, hay procesos que no queremos atravesar y hay momentos en los que simplemente no entendemos.

Y quizás ahí está parte de lo que significa renovar nuestra mente. No necesariamente significa que finalmente vamos a entender todo lo que Dios está haciendo. Significa que aprendemos a mirar nuestra realidad desde quién es Dios y no solamente desde lo que estamos viviendo.

Porque quizás el problema no siempre está en la voluntad de Dios. Quizás muchas veces está en nuestra capacidad limitada para reconocerla y confiar en ella cuando las circunstancias no se parecen a lo que nosotros esperábamos.

Y entonces preguntamos: “¿Pero por qué?”. Nos enfrascamos. Nos quedamos encerrados en nuestra propia perspectiva. Y es difícil. Muy difícil.Pero unos versículos después, Pablo vuelve a poner delante de mí unas palabras que parecían responder exactamente a lo que estaba viviendo.

Esperanza, paciencia y oración

Romanos 12:12 dice:
“Alégrense en la esperanza, muestren paciencia en el sufrimiento, perseveren en la oración.”

Nuevamente Pablo pone tres acciones delante de nosotros: esperanza, paciencia en el sufrimiento y oración. Y las tres comenzaron a tener un sentido muy diferente para mí.

Pablo comienza diciendo: “Alégrense en la esperanza”. Para mí esto muestra que, aun en medio de una situación difícil, el cristiano tiene esperanza. Pero nuestra esperanza no significa simplemente pensar: “Todo va a salir bien”.

Nuestra esperanza tiene un nombre: Cristo. Cristo no solamente nos da esperanza. Cristo es nuestra esperanza. Pablo incluso puede referirse a Cristo como “nuestra esperanza” (1 Timoteo 1:1), mientras que Colosenses 1:27 habla de “Cristo en ustedes, la esperanza de gloria”.

Entonces, cuando Pablo dice que nos alegremos en la esperanza, no necesariamente significa: “Alégrate porque las circunstancias van a cambiar como tú quieres”. Significa algo mucho más profundo: alégrate porque Cristo sigue siendo Cristo, incluso cuando las circunstancias no han cambiado.

Si mi esperanza depende de que los resultados de un examen sean favorables, entonces mi esperanza está puesta en un resultado. Pero si mi esperanza es Cristo, entonces mi esperanza está puesta en una persona. Y Cristo no cambia.

Después Pablo dice: “Muestren paciencia en el sufrimiento”. Y yo estaba viviendo un sufrimiento como no tienen idea. Estaba viviendo realmente una desesperación, preguntas tras preguntas, al punto de sentir que me rompía en cualquier momento. Estaba frágil.

Y quizás estaba siendo un poco impaciente porque quería ya una respuesta del Señor. “Pero ¿por qué?”. “¿Qué está pasando?”. “Señor, dime qué va a ocurrir”. Y Pablo me confronta: “Muestra paciencia en el sufrimiento”.

Qué difícil es ser paciente en ese momento. Porque, ¿quién dijo que sufrir sea fácil? Pablo no está diciendo que el sufrimiento sea agradable. Tampoco está diciendo que debemos fingir que no duele.

La palabra griega relacionada con “sufrimiento” es thlipsis, que comunica la idea de aflicción, presión, angustia o tribulación. Y la palabra relacionada con “paciencia” es hypomonē, que habla de perseverancia, de permanecer bajo presión sin abandonar.

Entonces, cuando Pablo dice que tengamos paciencia en el sufrimiento, no lo entiendo como: “Haz como si no estuviera pasando nada”. Lo entiendo como:

Permanece aunque duela. Permanece aunque no entiendas. Permanece aunque quieras una respuesta inmediatamente. Permanece en Cristo.

Porque cuando uno sufre quiere hacer algo. Quiere controlar algo. Quiere resolverlo. Quiere adelantarse. Quiere hacer todo lo que está bajo su poder y bajo sus propios términos con tal de sentir que tiene algún tipo de control.

Pero Pablo dice: paciencia. Sí, sufrir es difícil. Pero espera en Cristo. Y esperar en Cristo va a ser difícil muchas veces. Lo estoy viviendo.

Habrá momentos en los que no entendamos lo que Dios está haciendo. Habrá momentos en los que la voluntad de Dios no se parezca a lo que nosotros estamos imaginando, queremos o anhelamos. Pero precisamente ahí somos llamados a permanecer, a seguir confiando.

Y hay algo que también he tenido que recordar. Cristo no murió para convertirse en una especie de genio de la lámpara al que recurrimos cada vez que lloramos para que nos conceda aquello que queremos. Cristo murió para salvarnos, para reconciliarnos con Dios, para ser nuestro Salvador y nuestro Señor.

La cruz no fue una promesa de que nunca sufriríamos. La cruz fue la demostración definitiva del amor de Dios y el camino por el cual tenemos salvación. Y eso cambia nuestra manera de entender la oración.

Porque orar no significa decirle a Dios: “Señor, haz exactamente lo que yo quiero”. Orar significa también aprender a decir:

“Señor, no entiendo lo que estás haciendo, pero confío en ti”.

Y entonces Pablo dice: “Perseveren en la oración”. Quizás aquí encontramos aquello que acompaña todo este proceso. Este proceso difícil, complicado y doloroso.

Cuando no entendemos, oramos. Cuando sufrimos, oramos. Cuando esperamos, oramos. Cuando no sabemos qué hacer, oramos. La oración es el lugar donde dejamos nuestras cargas delante de Dios, donde reconocemos que no tenemos el control y donde volvemos nuestro corazón hacia Él, que sí tiene el control.

Yo no puedo controlar los resultados de los exámenes de mi tío. No puedo controlar el diagnóstico que puedan dar los médicos. No puedo controlar cómo van a salir las operaciones. No puedo controlar lo que va a suceder mañana. No puedo controlar prácticamente nada de eso. Pero puedo orar y puedo perseverar en la oración.

Pedro dice:

“Depositen en él toda ansiedad, porque él cuida de ustedes.”

— 1 Pedro 5:7, NVI

Y Pablo dice:

“No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias.”

— Filipenses 4:6, NVI

Eso no significa que de pronto dejemos de sentir miedo. No significa que la situación deje de doler. Significa que dejamos de cargar solos aquello que nunca fuimos llamados a cargar solos.

Una mente renovada no significa entenderlo todo

Por eso estos dos textos juntos me hacen pensar algo: una mente renovada no es una mente que entiende absolutamente todo lo que Dios está haciendo. Una mente renovada es una mente que aprende a confiar en Dios incluso cuando todavía no entiende.

Incluso cuando tú mismo no lo entiendes. Incluso cuando miras la situación con tus ojos terrenales y dices: “No entiendo nada de esto, Señor”. Pero aun así dices: “Voy a confiar en ti”.
Porque tú me mandas a alegrarme en la esperanza, y mi esperanza eres tú. Me mandas a ser paciente en el sufrimiento y, aunque esto duela, voy a permanecer. Me mandas a perseverar en la oración, entonces voy a llevar esto delante de ti una y otra vez.
Porque la voluntad de Dios sigue siendo buena, agradable y perfecta. Mi esperanza sigue siendo Cristo. Él es mi esperanza.

El sufrimiento no va a dejar de ser sufrimiento, pero puedo perseverar en medio de él. Y cuando no tengo respuestas, todavía tengo un lugar al cual acudir: la presencia de Dios, la oración.

Mañana tendré los resultados

Y mientras escribo esto hay algo que me confronta todavía más. Mañana tendré la respuesta de los exámenes de mi tío. No sé cuáles van a ser. La verdad, me da mucho miedo. No quiero que llegue el momento de recibir los resultados y descubrir que no son lo que estoy esperando.

Pero aun con miedo puedo decir:

Confío en que la voluntad de Dios será buena, agradable y perfecta.

No porque sé cuál será el resultado. No porque sé cómo terminará esta historia. No porque tenga garantizado que las cosas van a suceder como yo quiero. Sino porque conozco a aquel en quien he puesto mi confianza.

Una fe que también funcione cuando las cosas no salen bien

Y quizás este sea uno de los aprendizajes que voy a llevar conmigo a esa vida misionera que soñamos como familia. Que aun en las circunstancias difíciles, complicadas y duras, Dios sigue siendo Dios.

Cuando las finanzas sean un reto, cuando no entendamos algunas cosas, cuando atravesemos situaciones difíciles dentro de la iglesia, cuando experimentemos maltrato, incluso eclesial, sea intencional o no, cuando enfrentemos situaciones de autoridad que nos cuesten, cuando nuestros planes no salgan como los imaginamos o cuando no tengamos respuestas, aun ahí quiero aprender a decir: Dios estará conmigo.

Como dice el salmista:

“Aunque mi padre y mi madre me abandonen, el Señor me recibirá en sus brazos.”

— Salmo 27:10, NVI

Quiero aprender a confiar cuando no entiendo

Y eso es lo que quiero aprender. No quiero una fe que solamente funcione cuando todo sale bien.

Quiero aprender a confiar en Dios cuando no entiendo. Quiero aprender a esperar cuando quiero respuestas. Quiero aprender a orar cuando no puedo controlar nada. Quiero aprender a alegrarme en Cristo cuando mis circunstancias no me dan motivos para alegrarme.

Porque al final, mi esperanza no está en que mañana llegue una respuesta que me guste. Mi esperanza está en Cristo.

Y quizás eso es lo que Dios quería enseñarme en medio de este proceso: que su voluntad sigue siendo buena, agradable y perfecta. Aunque yo todavía no la entienda, aunque todavía me duela, aunque todavía tenga miedo, aunque todavía tenga preguntas.

Él sigue siendo fiel.

Yhordan Cadillo

Yhordan Cadillo

Comunicador, esposo y papá. Apasionado por seguir a Cristo, aprender de su Palabra y compartir lo que Dios va enseñando en el camino.