Durante tres meses en Prisma, una escuela misionera en Suiza, me tocó cortar césped casi todos los días. Entre errores con la máquina, árboles dañados y un compañero que me devolvió mi propio reflejo, Dios me mostró que aprender rápido no es lo mismo que ser enseñable. Esta es la historia de cómo confrontó mi …
Hoy recordé algunas cosas que viví en Prisma, la escuela misionera a la que fui con Sandra y Aikana. Entre tantos recuerdos, volvió a mi mente una máquina de cortar césped, unos cuantos árboles y una lección que no esperaba aprender de esa manera: lo difícil que es ser enseñable.
Durante esos tres meses en Suiza teníamos muchos trabajos prácticos, y una de las cosas que más me tocaba hacer era cortar césped. Así que agarraba la máquina y me iba por todos lados, cortando y cortando. Al principio creía que lo hacía bien, aunque a veces se me escapaba y terminaba chocando con algo.
Recuerdo que una de las primeras veces Thomas me dijo: «Yhordan, anda con la máquina, pero ten cuidado con los arbustos. No te acerques mucho a los árboles. Solo debes cortar el césped». Y yo: «Ah, está bien». Intentaba tener cuidado, pero de vez en cuando se me escapaba la máquina y ¡pa!, le daba a algún tallo.
Era agotador. A veces pasaba todo el día bajo el sol. Pero, para el segundo mes, sentía que ya dominaba la máquina. No era un experto, pero creía que le había agarrado el truco. Hasta que, cuando pensaba que lo tenía todo bajo control, volví a equivocarme.
Cuando crees que ya sabes hacerlo todo
Un día la máquina se quedó sin combustible. Fui a buscar la garrafa de siempre, le puse combustible y seguí trabajando. Al rato empezó a fallar: se apagaba, volvía a encenderse y se apagaba otra vez.
No recuerdo exactamente cómo fue, pero creo que David, el paraguayo —¡lindo tipo!—, me preguntó si no sería el combustible. Fui a revisar y, efectivamente, me había equivocado: había usado uno que la máquina no necesitaba.
Para ser justos, tampoco fue del todo mi culpa. Alguien había dejado un combustible equivocado donde yo no esperaba encontrarlo, y yo agarré la garrafa de siempre.
Pero aquello me hizo pensar. Primero me costó aprender a usar la máquina y, después, cuando creía que ya la dominaba, cometí otro error. Ahí empecé a darme cuenta de que mi problema no era solo aprender, sino dejarme enseñar.
Siempre me había considerado alguien que aprende rápido, pero nunca me había hecho una pregunta mucho más importante: ¿soy una persona enseñable? Porque una cosa es aprender algo y otra es tener la humildad para aceptar que alguien te enseñe. Y fue en Prisma donde empecé a reconocer cuánto me costaba lo segundo.
¿Por qué me molestaba tanto que me enseñaran?
Para el tercer mes reconocí algo que no me gustó: me molestaba mucho que me enseñaran algo que yo creía saber. Cuando alguien se acercaba a explicarme cómo hacer las cosas, sentía que me trataba como si no supiera nada. Como si me dijera: «Ven, te voy a explicar porque tú no sabes hacerlo». Con el tiempo entendí que muchas veces eran sus formas de trabajar y su responsabilidad de enseñarme, pero en ese momento me costaba verlo así.
Les pongo otro ejemplo. Una vez me tocó trabajar en la cocina. Como había estado afuera, dejé mis zapatos sucios en la puerta y entré en medias a lavar los platos. El encargado me dijo: «Yhordan, no puedes estar sin zapatos». Me explicó que, si se caía un cuchillo, podía hacerme daño en el pie.
¿Y yo qué pensaba? Que él mismo cocinaba con sandalias abiertas. En mi cabeza, la diferencia entre estar en medias y usar esas sandalias no parecía tan grande. Así que, por dentro, pensaba: «¿Qué rayos?».
Pero el problema no era si estaba de acuerdo con su explicación. Era mi disposición para recibir una indicación sin reaccionar con fastidio. Yo estaba allí para aprender, pero muchas veces mi orgullo se interponía antes de que pudiera escuchar de verdad.
Y entonces llegó una situación que me hizo verme reflejado en otra persona.
«Yhordan, enséñale a cortar el césped»: cuando me vi en otra persona
Para ese momento ya tenía más experiencia con la máquina. Un día Thomas me pidió que le enseñara a cortar el césped a otro prismático. El chico estaba en el verano extendido, un programa de un año en el que algunos participantes pasaban sus últimos tres meses como voluntarios.
Yo pensé: «Ah, ya. De repente no sabe usarla y tengo que explicarle».
No lo conocía mucho. Sabía que era trabajador y muy impetuoso, de esos que se lanzan a hacer las cosas. Agarré la máquina, el combustible y todo lo necesario, y nos fuimos a una zona empinada del terreno.
Cuando llegamos, él encendió la máquina y empezó a cortar. Noté que la presionaba demasiado hacia abajo y me acerqué a darle algunas indicaciones. Él me respondió molesto:
—¿Qué estoy haciendo mal? Explícame.
Y yo le contesté con toda naturalidad:
—Ya, pero préstame la máquina y te muestro cómo hacerlo. Después tú lo haces.
Me pasó la máquina y le mostré cómo cortar. Yo creía que solo cumplía con lo que Thomas me había pedido. Pero, mientras me alejaba, me quedé pensando en su reacción. De pronto me vino este pensamiento: «¡Manya! Ese soy yo».
Así debo verme cuando alguien intenta enseñarme algo y reacciono con fastidio, como si me hiciera perder el tiempo. A veces Dios nos permite vernos desde otra perspectiva, no por medio de una gran prédica, sino a través de alguien que nos devuelve nuestro propio reflejo. Y no siempre nos gusta lo que vemos.
Ser enseñable es más que aprender rápido
Hay un versículo que me hace pensar en esto:
«El que ama la instrucción ama la sabiduría; mas el que aborrece la reprensión es ignorante». Proverbios 12:1 (RVR1960)
Durante mucho tiempo me preocupé por aprender y resolver las cosas, pero no por escuchar cuando alguien me decía que había otra manera de hacerlas. Puedes tener experiencia, haber hecho algo muchas veces y, aun así, tener una actitud que no te permita aprender de los demás.
Lo curioso es que después conocí un poco más al chico al que había intentado enseñar. Un día me tocó ir con él a una iglesia y, en el camino, empezamos a conversar. Me contó que vivía en una granja con su papá, que tenían animales y que estaba acostumbrado a ese tipo de trabajo.
Y yo pensaba: «¿Qué hago yo, un tipo que no sabe nada de la vida, enseñándole a un brother que vive de esto?». ¡Imagínense! Yo, que recién aprendía a cortar césped, explicándole cómo hacerlo a alguien con mucha más experiencia en ese mundo.
No sé por qué Thomas me pidió que le enseñara, y no quiero inventarme una explicación. Pero sí sé lo que aquella experiencia produjo en mí: me permitió reconocer una actitud que yo tenía y que hasta ese momento no había visto con tanta claridad.
Hoy no diría que soy una persona del todo enseñable. Todavía trabajo en eso. Pero siento que escucho más y que estoy más dispuesto a recibir una enseñanza, incluso cuando creo que ya sé hacer algo. No siempre lo hago bien, pero mi corazón está más abierto a aprender de los demás. Esa fue una de las lecciones más importantes que me llevé de Prisma
El problema de creer que ya lo tienes dominado
Al final del segundo mes, Thomas volvió a advertirme:
—Yhordan, estás cortando muy bien, pero ten cuidado con los árboles. Hay dos o tres a los que les has pegado.
Yo sabía que era verdad, pero no creía que fuera para tanto. Pensaba que eran pequeños cortes en la corteza. Además, imaginaba que los nutrientes del árbol pasaban por el centro del tronco, así que un golpe superficial no podía ser tan grave.
Thomas me explicó que debajo de la corteza hay tejidos que transportan el agua y los nutrientes por todo el árbol. Si dañaba esa zona con la máquina, podía cortar esas vías y terminar matándolo.
¡Y yo creo que maté como tres árboles! Para que se hagan una idea, cada uno costaba alrededor de 150 francos suizos. Además de la pena por haberlos dañado, me dolía pensar en el dinero perdido por no tener cuidado.
Lo que más me hizo pensar fue que Thomas me lo había advertido desde el primer día. Yo había escuchado la indicación, pero no me había detenido a entender por qué era tan importante. Creía que dominaba el trabajo y que podía resolverlo a mi manera. En algún momento dejé de prestar atención porque pensaba que ya sabía suficiente.
Hay malas hierbas que no se arrancan con una máquina
La siguiente vez que Thomas me mandó a cortar césped, hice algo diferente. Cortaba alrededor de los árboles, pero sin acercarme demasiado. Cuando llegaba a una parte donde podía dañarlos, apagaba la máquina, la dejaba a un lado y me arrodillaba para sacar la mala hierba con mis propias manos.
Me dolían las rodillas y me tomaba mucho más tiempo. Era incómodo y exigía más esfuerzo que pasar la máquina y seguir. Pero sabía que, para esa parte del trabajo, tenía que hacerlo de otra manera.
A veces vivimos algo parecido en nuestra vida espiritual. Vamos a un congreso, a un concierto o a un retiro; escuchamos una palabra que nos confronta, tomamos decisiones y salimos con el deseo de cambiar. Y eso está bien. Dios puede usar esos espacios para hablarnos.
Pero después llega el lunes. Vuelven el trabajo, la familia, las responsabilidades y las dificultades de todos los días. Y nos encontramos con esas cosas que sabemos que deben cambiar, pero que no desaparecen por haber vivido un momento especial.
A veces queremos que una experiencia o una decisión haga el trabajo por nosotros. Pero hay partes de nuestra vida en las que no basta con pasar la máquina. Hay malas hierbas que crecen demasiado cerca del árbol y que no podemos arrancar de cualquier manera sin arriesgarnos a dañar aquello que queremos cuidar.
Llega un momento en el que tenemos que detenernos, apagar la máquina y arrodillarnos. No porque arrodillarse sea una fórmula espiritual, sino porque necesitamos reconocer que no podemos seguir haciendo las cosas de la misma manera.
Tal vez eso signifique reconocer nuestro orgullo, pedir perdón, cambiar un hábito o dejar de justificar algo que nos hace daño. Ese trabajo no siempre es rápido ni cómodo, pero no podemos conformarnos con cortar la mala hierba por encima si necesitamos arrancarla de raíz.
Una máquina, una mala hierba y una lección de Dios
Durante las primeras semanas en Prisma me preguntaba para qué había ido hasta Suiza. Pensaba que muchas de las cosas que me enseñaban las podría haber aprendido en otro lugar. No entendía por qué tenía que pasar por ciertas experiencias.
En esos tres meses hubo misioneros, profesores y conversaciones a través de los cuales el Señor habló a mi vida. Pero una de las lecciones que más me marcaron no vino de una prédica ni de una clase. Vino de una máquina de cortar césped y de una mala hierba.
Dios usó algo tan cotidiano para confrontar mi orgullo y mostrarme cuánto me costaba dejarme enseñar. No se trataba solo de aprender a cortar césped, sino de aprender a escuchar, reconocer mis límites y aceptar que todavía tenía mucho por aprender.
También entendí que no todo se resuelve con una gran experiencia o una decisión tomada en un momento de emoción. Hay cosas que requieren trabajo diario, paciencia y humildad. A veces necesitamos dejar de buscar el camino más rápido y hacer lo que hace falta, aunque sea incómodo.
Así que hoy quiero dejarte unas preguntas: ¿qué hay en tu vida que necesitas detenerte a examinar y sacar de raíz? ¿Qué actitud llevas tiempo justificando? ¿Qué crees que ya tienes dominado, pero quizás necesitas volver a revisar?
Quizás lo primero no sea buscar una solución rápida, sino pedirle al Señor que examine nuestro corazón y nos muestre aquello que no vemos o que creemos tener bajo control. Porque, a veces, el primer paso para cambiar es reconocer que todavía tenemos cosas que aprender.
«Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno». Salmo 139:23-24 (RVR1960)
Yo sigo aprendiendo. Y esta historia me recuerda que no basta con creer que sabemos hacer algo: también necesitamos un corazón dispuesto a escuchar, corregir el rumbo y aprender de nuevo.
Si esta historia te habló, te recomiendo leer lo que Sandra aprendió en Prisma sobre soltar el control y confiar en Dios, y conocer nuestra experiencia en Prisma: lo que aprendimos sobre la misión y la fe.
Nos vemos en el siguiente blog, con más historias de mi suplicio y calvario en Prisma. Estos fueron los azotes del Señor a Yhordan. Esto ya se parece a un capítulo de La Rosa de Guadalupe, jajaja.






