Dios interrumpió mis planes (y menos mal que lo hizo)

No sabía muy bien cómo comenzar a redactar el blog de hoy. Después de dos semanas con algunas subidas y bajadas en mi salud física y emocional (Sandra), sentí el deseo de darme un espacio para compartir lo que he ido aprendiendo en estos días. Como tal vez lo han leído antes, soy de esas …

No sabía muy bien cómo comenzar a redactar el blog de hoy. Después de dos semanas con algunas subidas y bajadas en mi salud física y emocional (Sandra), sentí el deseo de darme un espacio para compartir lo que he ido aprendiendo en estos días.

Como tal vez lo han leído antes, soy de esas personas que procura tener todo planificado y bajo control en su vida personal. Me pongo ansiosa cuando algo que ya tenía previsto cambia de forma repentina. Quizás lo aprendí así desde pequeña, como una manera de evitar errores o de no sentir que algo se me escapa de las manos. Ha sido una de esas áreas que el Señor ha venido trabajando en mí desde que fui consciente de que no estaba bien.

Recuerdo, siendo adolescente, cuando leí este versículo:

"Porque yo sé los planes que tengo para vosotros" —declara el Señor— "planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza" (Jeremías 29:11).

Me intrigaba mucho saber qué planes tendría el Señor para mi vida y, más aún (con mi mente limitada y loquita de esa época), cuáles podrían ser esos planes… si yo ya tenía unos súper buenos. Compréndanme, era una Sandra de 13 años que no sabía nada de la vida, jaja.

Los años pasaron, y uno de los primeros golpes directos a “mi plan” fue tener que dejar un ciclo de la universidad por la demora en un pago. Fue la primera vez que, en mi inocente juventud, me pregunté: “¿Y ahora qué haré si no puedo hacer lo que había planificado?” Sin quererlo, esos seis meses en los que no pude estudiar completos fueron también la primera vez que me enamoré de servir al Señor en Su casa. Estaba ahí de miércoles a domingo. Una semilla se plantó. Y sí, gracias a Dios, en Su misericordia, que interrumpió mis planes.

Años después me pasó algo similar. Había ingresado al trabajo que siempre soñé desde que salí de la universidad, pero pronto me di cuenta de que tal vez no era lo que realmente me apasionaba (esas cosas que aprendes en el camino). Me daba miedo renunciar. Una parte de mi mente decía: “¿Y si te equivocas? ¿Y si todo sale mal y no encuentras nada después de esto?” Pero una tarde, el Señor me habló otra vez, a través de una tarjetita de presentación de una amiga muy querida. Decía:

"Pero Jesús, que oyó lo que decían, le dijo al jefe de la sinagoga: 'No temas. Solo debes creer.'" (Marcos 5:36).

Una vez más, el Señor me recordaba que Sus planes están por encima de los míos. Renuncié y, sin buscarlo, llegué a una empresa que recién estaba creciendo, que yo llamé “mi agua en el desierto”. Fue un periodo precioso donde podía trabajar en lo que me gustaba, mientras crecía espiritualmente y compartía con compañeras maravillosas. Aún recuerdo esas tardes de verano con risas y música en la oficina.

Después de ese tiempo de reposo, el Señor me llevó a otro lugar que tampoco imaginaba: un nuevo trabajo que me permitió crecer profesionalmente, de la mano de un equipo que atesoro en mis memorias y, por qué no, también en mis oraciones cuando veo sus fotos en Instagram.
(Mientras escribo estos recuerdos de Su amor y cuidado, siento un profundo agradecimiento: fueron Sus planes los que se cumplieron, no los míos).

En esa misma etapa de juventud —que hoy siento tan lejana— había una chica que decía que no se casaría hasta tener la maestría, la casa, el auto… todo resuelto, jaja. Pero detrás de todo eso, en realidad, había mucho temor a comprometerme. Gracias a DIOS, mi esposo fue tan claro y decidido que me ayudó a ver lo que realmente me detenía.

Aun así, con el miedo identificado, mi corazón terco seguía intentando tener el control… ahora de la boda perfecta, jaja. Planeamos casarnos en 2020, pero llegó la pandemia y varios problemas serios para Yhordan. Luego reprogramamos para inicios del 2021, pero surgieron más dificultades financieras (una boda es carísima, incluso en pandemia, jaja).

Finalmente, porque el Espíritu te hace ver tus errores, volví a decirle al Señor:

“Padre, perdón. Sé que tengo esta manía de querer manejar todo en mis tiempos. Te entregamos nuestro matrimonio. Si está en tu voluntad, abrirás puertas, y si no, ayúdanos a esperar con fortaleza hasta que llegue tu momento.”

Y su respuesta no tardó. Justo por esos días estaba haciendo un estudio bíblico sobre quién es el Señor, y parte de mí (por ese impulso de querer tener todo bajo control) necesitaba recordarle a mi corazón por qué debía confiar primero en Sus planes y en Su soberanía. En medio de esa búsqueda, recibí una promesa que llevo hasta hoy conmigo:

"Jehová es la porción de mi herencia y de mi copa; Tú sustentas mi suerte." (Salmo 16:5).

En medio de tantas complicaciones, mi corazón recibió el regalo más grande: una certeza profunda de que es Él quien ha cuidado, cuida y cuidará de mí. Y eso, amigos, fue la copa de agua más refrescante y maravillosa que he recibido en la vida. Me di cuenta de que mi necesidad de control venía porque no conocía quién era Él. Tenía incertidumbre del futuro, y por eso necesitaba tenerlo todo calculado.
(Para que se hagan una idea: tenía un Excel calendarizado con mis metas, gastos, tareas y tiempos… ¡hasta el 2030!, jaja).

Cuando recibí esa promesa, mi corazón descansó en Él. Y, al final, nos casamos en una boda distinta, íntima, y profundamente hermosa.

Y sí, sigo lidiando con circunstancias como las que he compartido: momentos de incertidumbre, cambios repentinos, o la lucha interna de querer aún tener el control. Pero hoy lo hago desde una perspectiva distinta: con la certeza de que Dios está trabajando algo en mí. Ya no tanto desde la queja, sino desde la pregunta: ¿Qué quiere formar el Señor en mi vida? ¿Qué necesito rendir?

Comparto esto porque quizás tú también estás viviendo algo parecido. Tal vez las cosas no están saliendo como pensabas o has recibido una noticia que te duele. Sea cual sea la situación, quiero asegurarte algo: Dios sigue en control. Y Sus planes, siempre, siempre serán para bien.

Algo que aprendí hace un par de años de una amiga canadiense es que a Dios le interesa más trabajar en tu alma que darte un éxito inmediato. Él anhela que tu corazón se parezca al Suyo, más que llenarlo de placeres temporales. Y eso, muchas veces, implica atravesar pruebas. Nos ama tanto, que como buen Padre, no nos dejará ir directo al vacío. Peleará por moldear nuestro corazón.