Fe en medio de la incertidumbre

Cuando el llamado es claro, pero el camino no tanto Hace cinco años decidimos como familia —aunque técnicamente aún no lo éramos (todavía no estábamos casados, jajaja)— que íbamos a decirle “sí” al llamado del Señor. Esa decisión fue clara, pero la verdad, en estos años ha habido muchísimas veces en las que hemos dudado. …

Cuando el llamado es claro, pero el camino no tanto

Hace cinco años decidimos como familia —aunque técnicamente aún no lo éramos (todavía no estábamos casados, jajaja)— que íbamos a decirle “sí” al llamado del Señor. Esa decisión fue clara, pero la verdad, en estos años ha habido muchísimas veces en las que hemos dudado. Es más, cada cierto tiempo las dudas y los miedos vuelven con fuerza. Es como si se sentaran a conversar con nosotros en la sala. Y ahí estamos, respirando hondo, recordando por qué dijimos que sí, y volviendo a confiar.

“Porque por fe andamos, no por vista.” (2 Corintios 5:7)

Hoy por hoy, Sandra no está trabajando. Ya van como cuatro meses desde que dejó su chamba. La razón fue que el ambiente era tóxico y la explotaban, pero también quería estar más tiempo con Aikana. Aunque, si me preguntas a mí, creo fielmente que fue el Señor quien movió todo para que renuncie. Siempre he sentido que ella tiene un llamado mucho más directo que el mío. Aunque se esconda detrás del típico “el chino es el que sirve en la iglesia”, creo que en el fondo usa eso como una excusa —consciente o no— para no terminar de aceptar lo que Dios le está pidiendo. Hay cosas que a ella le cuestan más que a mí, y es válido. Cada proceso es único. De hecho, ojalá ella misma se anime a contar más en el próximo blog (Sandrita, cuéntalo todo, ¡saca todo lo que tienes dentro!, jajaja).

Vivir por fe mientras Dios trabaja en nuestro carácter

Estos meses han sido una mezcla de descanso y lucha. La he visto respirar más tranquila, pero también he visto cómo carga con esa sensación de estar “haciendo nada”, cuando en realidad hace muchísimo. Su inteligencia y capacidad están ahí, intactas, pero ahora canalizadas en la casa, en amarnos… y en dar de lactar a la bebé 24/7. La espalda es testigo de eso —literalmente, porque ya la tiene media torcida por culpa de nuestra Aikanita—. ¡Y aun así, lo da todo!

Y lo que más me sorprende es que, de los dos, siempre fue Sandra la más enfocada en su carrera profesional. Desde siempre lo tomó en serio, y entiendo por qué. En su casa, con su papá siendo coronel (ya casi general), había una formación marcada por la excelencia y la disciplina. Por mi lado, la verdad, nunca me preocupé mucho por hacer línea de carrera. Siempre lo vi como un medio, no un fin. Mi anhelo siempre fue dedicarme a tiempo completo a la iglesia. Y sí, todavía sigo pensando igual respecto a la iglesia —eso no ha cambiado—, pero ya no tomo mi carrera profesional a la ligera.

Cuando ambos trabajábamos, hacíamos un fondo común con nuestros sueldos. Todo bien. Pero ahora solo está mi sueldo… y no voy a mentir: da miedo. Sin embargo, mes tras mes, Dios ha sido fiel. A veces siento que lo hace a propósito, como para decirnos: “Tranquilos. Yo estoy con ustedes.” 

Y claro, “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús.” (Filipenses 4:19)

En estos cuatro meses siendo el único proveedor, mi mente ha dado un giro. Antes no me importaba tanto crecer profesionalmente, pero ahora sí quiero hacerlo de forma intencional. No por ego, sino porque quiero mirar esta etapa y decir: “di todo de mí, por testimonio y mi familia.” Siento que es parte de mi responsabilidad. No puedo esperar que las cosas pasen solas. Y tanto así que hace poco empecé un programa de Employee Experience, y esta semana arranco otro. Mis noches de lunes a jueves van a estar full hasta octubre. Pero lo hago con gusto, sabiendo que no es en vano.

“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres.” (Colosenses 3:23)

Pero así como yo estoy en ese ritmo, también veo el proceso que está viviendo Sandra. La admiro, porque si bien ya no tiene la presión de tener que ir a una oficina que la exprimía, ha aprendido a levantarse e iniciar sus mañanas con Aikana a tiempo completo. Sé que dentro suyo hay batallas. Criarse con una mentalidad de “lograr lo más alto profesionalmente” y luego sentir que tus días se reducen a estar en la casa, sin saber muy bien qué has “logrado”, debe ser durísimo. Y más para alguien como ella. Pero yo lo veo y lo digo: lo que hace no es poco. Está criando, amando, entregándose… y eso, para Dios, vale más que cualquier puesto corporativo.

Proverbios 31:28 lo resume bien: “Sus hijos se levantan y la llaman bienaventurada; y su marido también la alaba.”

Y aquí estoy yo, diciendo: bienaventurada eres, Sandrita.

Este proceso, aunque difícil, me muestra cómo Dios trabaja con cada uno según sus tiempos. Sandra siempre tuvo su profesión por delante de muchas cosas, incluso algunas de la iglesia. Y yo, por otro lado, pedía ministerios sin haber formado bien mi carácter en lo secular. ¡Qué error! Pero el Señor es bueno y paciente. Nos va puliendo. 

Porque así como dice Romanos 5:4: “La paciencia produce carácter probado, y el carácter probado, esperanza.”


Y justo en medio de esas dudas y luchas, hoy llegó una buena noticia: mi jefa —una capa, de verdad— me dijo que posiblemente me den permiso para ir a Prisma tres meses, y que al volver podría continuar trabajando. ¡Gloria a Dios! Eso significa que Aika va a seguir teniendo pañales y que vamos a poder estudiar en la escuela misionera en Suiza sin quedarnos en el aire. Aún no está 100% confirmado, pero me dijo que vamos por buen camino. Fue como un regalo. Una de esas confirmaciones que no llegan todos los días. Y sí, aunque cuando recién entré al trabajo quería renunciar porque me equivocaba en todo (¡era un torpe total, jajaja!), hoy agradezco no haberlo hecho. Porque jamás imaginé que este trabajo iba a ser parte de la forma en la que Dios respondería a Su llamado en mi vida.

 

Es impresionante cómo el Señor entrelaza las cosas. Hay días más difíciles que otros, pero escribir este blog a las 11 de la noche, viendo a Sandra acostada con Aika, me llena el corazón. Me hace volver a elegirlas. Me hace reafirmar que el llamado que recibimos fue real. Y aunque a veces no entiendo del todo a Sandrita (lo confieso), también reconozco que a ella le cuesta entenderme a mí. Somos diferentes. Procesamos distinto. Pero al final, seguimos el mismo camino. Y seguimos orando para que Dios nos muestre qué quiere hacer en este tiempo.

Estoy convencido de que el Señor no desperdicia los talentos de nadie. Y mucho menos los de Sandra. Sé que Él sabrá usar su experiencia, sus conocimientos, su pasión… todo. Porque Él es el mejor administrador. Y también sé que, por mi parte, debo seguir puliéndome. En carácter. En responsabilidad. En obediencia. Para que el día en que me toque dedicarme al 100% al ministerio, pueda ser un instrumento afinado, como dice 2 Timoteo 2:21:

“Si alguno se limpia de estas cosas, será instrumento para honra, santificado, útil al Señor, y dispuesto para toda buena obra.”

Ya sé… me fui en floro. Pero si tuviera que resumirlo sería así: El llamado puede estar, pero el proceso también. Y parte de ese proceso implica dejar lo que para ti es un “dios”, o simplemente ajustarte bien los pantalones y enfrentar tus debilidades. Cuando Dios quiere cumplir Su plan, nada se interpone. Puede usar lo que sea: tu trabajo, tu jefe, un vicepresidente que ni sabe qué es una escuela misionera. Porque cuando Él quiere, Él lo hace.

Y en medio de eso, el amor también se forma. Se afianza. Se construye. En lo cotidiano, en lo complicado, en lo que duele y en lo que alegra. No hay nada más hermoso que poder aprender todo esto al lado de la mujer de mi juventud… y ahora, de mi familia.

Jajaja, ya estoy leyendo lo que escribí y si Sandra no lo publica… ya lo guardé para postearlo en algún lado porque esto tenía que salir. 😂 Empecé a las 11:00 p.m. y terminé de pulir el texto a las 00:32 a.m.