Los últimos pasos hacia Prisma

Hace varios meses que no escribía por aquí. Y no, no fue porque no hubiera cosas que contar. De hecho, creo que nunca había tenido tantas historias guardadas como en este último año. Simplemente la vida empezó a ir muy rápido.

La última vez que escribí sobre Prisma todavía era un anhelo. Era una conversación que aparecía muchas veces en nuestra casa, una petición constante en nuestras oraciones y un sueño que poco a poco Dios iba confirmando. Lo hablábamos con ilusión, pero también con esa sensación de que todavía faltaba mucho para que ocurriera.

Si tuviera que resumir estos últimos nueve meses, diría que fueron una mezcla de emoción, incertidumbre y mucho aprendizaje. La vida siguió su curso. Yo volví a trabajar, Aikana siguió creciendo a una velocidad que todavía me cuesta creer, nuestra rutina continuó entre la iglesia, la familia, los amigos y todas esas pequeñas cosas que llenan los días sin que uno se dé cuenta.

Y mientras todo eso ocurría, nosotros seguíamos caminando hacia Prisma.

Al principio era fácil hablar del viaje porque todavía parecía lejano. Había tiempo para organizar documentos, resolver pendientes y seguir con la vida de siempre. Pero llegó un momento en que dejamos de hablar de «algún día» y empezamos a contar las semanas. Después los días. Y fue ahí cuando todo empezó a sentirse real.

Cuando todo empezó a sentirse real

Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que Dios nunca abrió todas las puertas de golpe. Fue abriendo una a una, justo cuando necesitábamos dar el siguiente paso.

Una de las primeras confirmaciones fue recibir una beca que nos permitió cubrir parte del costo del programa. Fue un recordatorio de que, cuando Dios guía, también provee. No resolvía todo, pero sí nos daba la tranquilidad de saber que Él ya estaba obrando antes incluso de que nosotros pudiéramos ver el panorama completo.

Después vino otro desafío. Yhordan llevaba más de cuatro años trabajando en la misma empresa. Allí había construido amistades, aprendido muchísimo y vivido una etapa muy importante de su vida profesional. Por eso, cuando empezó a acercarse la fecha del viaje, una de nuestras mayores preocupaciones era cómo afrontar esa decisión como familia.

Con una niña pequeña, sabíamos que dar un paso de fe también implicaba actuar con responsabilidad y prudencia. No queríamos romantizar la incertidumbre; queríamos confiar en Dios, pero también cuidar de la familia que Él nos había confiado.

Y fue entonces cuando vimos nuevamente su fidelidad. En lugar de tener que renunciar, la empresa le otorgó una licencia de tres meses para poder vivir esta experiencia. Fue una gracia enorme que nunca dejaremos de agradecer. Además, cuando compartió la noticia con sus compañeros y líderes, recibió muchísimo cariño, comprensión y una despedida muy especial. Sentimos que Dios no solo estaba abriendo una puerta para venir a Prisma, sino que también estaba cuidando aquello a lo que, si Él lo permite, regresaremos al terminar esta etapa.

Y como papás había otra pregunta que ocupaba gran parte de nuestras conversaciones: ¿quién nos ayudaría con Aikana durante este tiempo?

La respuesta ya llevaba varios años caminando con nosotros.

Flori ha sido parte de nuestra familia desde hace más de dos años. Ha cuidado de Aikana con un amor, una paciencia y una dedicación que siempre agradeceremos. Dios la puso en nuestro camino mucho antes de que imagináramos este viaje y, con el tiempo, también se convirtió en parte de nosotros.

Cuando aceptó venir a Suiza con nuestra familia, sentimos que recibíamos otro regalo de Dios. No solo porque Aikana estaría acompañada por alguien a quien ama profundamente y en quien confiamos plenamente, sino porque también era nuestro anhelo que Flori pudiera vivir de cerca esta aventura, conocer un poco más lo que significa hacer misión y ser parte de todo lo que Dios quiere enseñarnos durante este tiempo.

Pero si hubo algo que nos sostuvo durante todo este proceso fue nuestra iglesia.

Primero fue el equipo y chicos de Otra Onda, quienes oraron por nosotros con ese cariño tan genuino que los caracteriza. Después llegaron nuestros amigos con quienes servimos, que también nos abrazaron con sus oraciones y su apoyo. Finalmente, nuestro pastor nos enviaron orando por esta nueva etapa.

Cada una de esas oraciones nos recordaba algo muy importante: este viaje nunca fue solamente nuestro. Detrás de cada maleta había una comunidad acompañándonos, animándonos y creyendo con nosotros en lo que Dios estaba haciendo.

Fue entonces cuando entendimos que, mucho antes de subirnos a un avión, Dios ya venía preparando el camino.

El último paso antes de subir al avión

Aun viendo todas esas respuestas, hubo momentos en los que el miedo seguía apareciendo.

No eran preguntas sobre si debíamos venir. Esa decisión ya estaba tomada hacía bastante tiempo. Eran preguntas mucho más humanas.

¿Cómo sería dejar el trabajo? ¿Qué pasaría cuando regresáramos? ¿Cómo nos volveríamos a acomodar como familia? ¿Cómo viviría Aikana toda esta experiencia? ¿Seríamos capaces de sostener todo lo que vendría después?

Creo que nunca había sentido tan claramente que una misma familia puede experimentar ilusión y ansiedad al mismo tiempo.

Porque sí, estábamos felices. Muy felices. Pero también teníamos miedo. Mi cabeza no dejaba de hacer planes, de imaginar escenarios y de intentar resolver un futuro que todavía ni siquiera había llegado.

Yo pensaba que obedecer a Dios siempre se iba a sentir como paz absoluta.

Y este proceso me enseñó que, a veces, obedecer también implica caminar con la duda o incertidumbre de lo que pasará.

Hubo otro desafío que Dios empezó a trabajar en mi corazón. Mi forma de enfrentar los momentos difíciles siempre ha sido hacer. Buscar soluciones, organizar, avanzar, resolver pendientes. Sentía que, mientras más cosas hacía, más control tenía sobre la situación.

Pero durante este proceso Dios me estaba invitando a algo que no me resulta tan natural: confiar antes que controlar. Descansar antes que resolver. Entregarle mis preocupaciones antes de intentar encontrarles una respuesta.

Y, aunque todavía sigo aprendiendo, creo que ese ha sido uno de los regalos más grandes de este camino.

Uno de los últimos pasos antes de venir fue presentar mi renuncia al trabajo. Hacía casi un año que había empezado esa nueva etapa profesional y, aunque no fue una decisión fácil, entendí que obedecer a Dios también implicaba confiarle mi futuro laboral.

Durante semanas pensé que esa conversación sería lo más difícil de todo el proceso. Pero cuando finalmente llegó el día entendí que el verdadero peso no estaba en renunciar. Estaba en aceptar que ya no había marcha atrás.

Prisma dejaba de ser un proyecto para convertirse en nuestra realidad

Ya estamos aquí

Hoy escribimos estas líneas desde Walzenhausen, un pequeño pueblo suizo donde se encuentra la sede principal de Movida Suiza y donde estamos viviendo esta primera etapa de Prisma.

Todavía estamos procesando muchas cosas. Apenas llevamos unas semanas aquí y sentimos que cada día trae algo nuevo para aprender. Seguramente habrá momentos muy bonitos y otros mucho más desafiantes.

Por eso queremos volver a abrir este espacio.

No para contarles solamente el resultado de esta experiencia, sino también el proceso. Queremos compartir lo que Dios vaya haciendo en nosotros como familia, las alegrías, los desafíos, las conversaciones difíciles, las preguntas y también las respuestas que iremos encontrando en el camino.

Antes de terminar, solo queremos dar gracias.

Gracias a nuestra familia, que nos sostuvo con su amor y sus oraciones durante todos estos meses. Gracias a nuestros amigos, a nuestra iglesia y a cada persona que caminó con nosotros mucho antes de que subiéramos al avión. Gracias por creer con nosotros, por sostenernos cuando aparecieron las dudas y por recordarnos una y otra vez que Dios siempre llega a tiempo.

Llegar hasta aquí nunca fue un esfuerzo solamente nuestro. Fue el resultado de la fidelidad de Dios y del amor de una comunidad que decidió caminar a nuestro lado.

Así que, si todavía siguen por aquí después de tantos meses de silencio, gracias por volver.

Nos alegra muchísimo reencontrarnos.

Y, si Dios lo permite, nos vemos muy pronto en el siguiente capítulo de esta aventura.