Experiencia en Prisma: lo que aprendimos sobre la misión y la fe

Nuestra experiencia en Prisma nos enseñó que antes de prepararnos para la misión, Dios quería trabajar en nuestro corazón, nuestra familia y nuestra fe.

Después de casi un mes y medio de haber regresado a Perú, seguimos procesando todo lo que vivimos en Prisma.

Creo que necesitábamos ese tiempo. No solamente para descansar después de tres meses intensos, sino para conversar, recordar, entender y preguntarnos qué quería hacer Dios con todo lo que habíamos aprendido. Porque una cosa es vivir una experiencia y otra muy distinta es comprender, con un poco más de distancia, lo que el Señor estaba haciendo en nosotros.

Llegamos a Suiza el 3 de mayo. Fuimos pensando que estábamos entrando a un centro de entrenamiento para la misión, preparados para aprender, conocer otras realidades, enfrentarnos a nuevos desafíos y entender un poco más de lo que significa servir transculturalmente.

Pero con el paso de las semanas entendimos algo que no esperábamos.

“Fuimos a entrenarnos para la misión y terminamos entendiendo que, antes de prepararnos para servir, Dios quería trabajar en nosotros.”

Llegar a Prisma: empezar de cero

Llegamos a Suiza casi al final de la tarde. Recuerdo que nos quedamos sorprendidos con el lugar. Era una estructura hermosa, casi como una casa de ensueño. Entrar a las habitaciones nos hizo sentir como si estuviéramos dentro de uno de esos internados que vemos en las películas. Todo era nuevo: el lugar, las personas, el idioma, la rutina y hasta la manera en la que íbamos a pasar nuestros siguientes meses.

La verdadera experiencia comenzó al día siguiente. El desayuno era a las 7:00 a. m. en punto. Después teníamos unos minutos para lavar los platos, a las 8:00 empezaba el devocional y luego venían las clases hasta aproximadamente las 11. Después teníamos una hora de trabajo práctico, almorzábamos y por la tarde retomábamos las actividades hasta las 6:00. En la noche aprendíamos alemán y teníamos solamente una hora de internet.

Al principio todo esto podía sentirse muy estructurado, pero con el tiempo empezamos a entender que la rutina también era parte del entrenamiento. La puntualidad, el trabajo, la convivencia, el cansancio, aprender a hacer las cosas de una determinada manera y hasta lavar nuestros propios platos estaban formando algo en nosotros.

Y creo que, curiosamente, algunos de nuestros momentos favoritos de Prisma terminaron siendo justamente esos momentos cotidianos.

Dios empezó a hablarnos desde la tierra

Una de las primeras cosas que hicimos fue trabajar con la tierra. Para nosotros era algo completamente nuevo. Recuerdo especialmente mi primer día plantando sin guantes. Ver los gusanos, los insectos y estar literalmente con las manos en la tierra me puso nerviosa, y recuerdo haber pensado: “¿Qué hago aquí?”

Sabíamos que Prisma incluía trabajo práctico, pero creo que una cosa es escuchar cómo será una experiencia y otra muy diferente es encontrarte con ella.

Con el paso de los días, la tierra empezó a enseñarnos mucho más de lo que imaginábamos. Mientras plantábamos, arrancábamos maleza o cuidábamos lo que estaba creciendo, el Señor comenzó a hablarnos de cosas que también aparecen desde Génesis: cultivar, cuidar, trabajar la tierra y esperar fruto.

Aprendimos que arrancar una maleza desde la raíz es mucho más difícil que simplemente quitar lo que ves por encima. Si dejas la raíz, probablemente volverá a crecer. Y empezamos a pensar en cuántas veces hacemos lo mismo con las cosas que no queremos en nuestro corazón. Queremos quitar lo visible, pero Dios muchas veces quiere llegar hasta la raíz.

También aprendimos que hay frutos que toman tiempo. No puedes plantar algo hoy y exigir que mañana esté listo. Hay que preparar la tierra, cuidar, esperar y tener paciencia.

Y quizás eso era justamente lo que Dios estaba haciendo con nosotros.

“Estaba preparando la tierra de nuestro corazón.”

Aprender sobre misión también era aprender a vivir

Durante estos tres meses tuvimos clases de alemán, aprendimos sobre el mundo musulmán, conocimos diferentes formas de misión transcultural y pudimos acercarnos a distintas organizaciones que trabajan alrededor del mundo.

Pero, entre tantas clases y conversaciones, hubo una idea que se repitió una y otra vez: antes de pensar en dónde ir, qué hacer o cómo servir, necesitábamos conocerlo a Él.

También empezamos a entender que la misión no es algo que una persona o una familia hace sola. Detrás de alguien que sale al campo hay una iglesia, una familia, personas que oran, organizaciones que acompañan y muchas otras personas que sostienen de diferentes maneras.

Entendimos que todos tenemos un lugar y que servir no necesariamente significa que todos terminemos haciendo lo mismo. Lo importante es estar dispuestos a obedecer donde Dios nos coloque.

“La misión no es un trabajo aislado. Es un trabajo en equipo.”

Vivir Prisma como familia

También tuvimos que aprender a vivir todo esto como familia.

Para Aikana, llegar a un país nuevo significó adaptarse a otro horario, otra casa, otras personas y una rutina completamente diferente. Los primeros días no fueron fáciles porque el cambio de horario le afectó bastante y no dormía bien.

Por eso fue una bendición enorme tener a Florita con nosotros. Saber que ella podía cuidar a Aikana mientras nosotros estábamos en las actividades nos dio mucha tranquilidad y nos permitió concentrarnos también en nuestro proceso.

Y Aikana, una vez más, nos demostró que es todo terreno. ❤️

Como matrimonio tampoco fue sencillo. Había cansancio, una rutina intensa y muchas cosas que procesar al mismo tiempo. Pero justamente ahí aprendimos algo que hoy valoramos muchísimo: Dios no solamente nos unió para compartir una vida, también nos dio el uno al otro para sostenernos mientras seguimos su llamado.

Hubo momentos en los que uno necesitaba escuchar del otro un simple “vamos”. Y hubo otros en los que era al revés. Aprendimos que seguir juntos también significa ayudarnos a avanzar cuando uno de los dos siente que ya no tiene muchas fuerzas.

Aprender a convivir también fue parte del entrenamiento

Otra de las cosas que más nos retó fue convivir con personas muy diferentes a nosotros.

Noe, Gloria, Juan, Anita, Nico, Lu y Jerina llegaron siendo nuestros compañeros y, con el tiempo, terminaron convirtiéndose en hermanos. Cada uno tenía una personalidad, una historia y una manera diferente de ver las cosas.

Y creo que eso fue parte de lo bonito de Prisma. A veces pensamos que la persona con la que más vamos a conectar será aquella que se parece a nosotros. Pero Dios nos mostró que también puede usar nuestras diferencias para enseñarnos.

Convivir nos obligó a escuchar, ceder, entender, tener paciencia y reconocer que no siempre nuestra manera de hacer las cosas es la única. Y quizás eso también es misión: aprender a caminar con personas diferentes, porque la misión de Dios es mucho más grande que nuestra propia forma de ver el mundo.

Personas que Dios puso en nuestro camino

Prisma también estuvo lleno de personas que hicieron que nuestra experiencia fuera especial.

Isa, nuestra profesora de alemán, nos mostró un cariño que difícilmente vamos a olvidar. No solamente nos ayudó a aprender un idioma, sino que nos ayudó a entender mejor su cultura y a construir puentes entre dos realidades muy diferentes.

También conocimos a Fabri,Naty, Febe y Dámaris, misioneros de Movida en Suiza. Ver su entrega, su sacrificio y esa disposición de decir “envíame a mí” nos impactó muchísimo.

David, un voluntario paraguayo, nos ayudó a entender la dinámica de una granja, algo que para nosotros era completamente nuevo. Y Anita, nuestra querida cordobesa, fue una de esas personas que uno recuerda con una sonrisa. Su dulzura y su forma de acompañarnos dejaron una huella muy especial.

Y también estuvo Jorge. Una de esas conversaciones con él terminó dejándonos pensando mucho más de lo que imaginábamos.

“Dos es reemplazo, tres es multiplicación”

Un día conversábamos con Jorge sobre lo difícil que puede ser vivir con una familia dentro de la misión. Él nos contó parte de su experiencia y cómo había visto cumplirse en su vida la promesa de que el Señor proveería y de que los hijos son herencia de Él.

En medio de la conversación, le comentamos que nosotros pensábamos tener solamente dos hijos, principalmente por un tema económico y por cómo imaginábamos nuestra vida en movimiento.

Jorge nos dijo: “La Palabra dice que nos multipliquemos. Dos es reemplazo, tres es multiplicación.”

Nos dio mucha risa, pero también nos dejó pensando. Porque quizás no se trataba solamente del número de hijos. Se trataba de cuánto espacio dejamos realmente para que Dios pueda sorprendernos, de cuánto intentamos planificar nuestra vida para sentir que todo está bajo control y de cuánto estamos dispuestos a dejar que Él escriba una historia diferente a la que nosotros habíamos imaginado.

“La Palabra dice que nos multipliquemos. Dos es reemplazo, tres es multiplicación.”

También aprendimos a través de otras familias

Durante Prisma tuvimos la oportunidad de hacer prácticas en las casas de dos familias.

La primera nos recibió en un espacio de campo donde trabajamos con cultivos de cerezas. Estar ahí nos permitió contemplar de una manera diferente la creación de Dios. A pesar del daño que el ser humano ha hecho a la naturaleza y de las consecuencias del pecado, todavía podemos ver belleza, cuidado y esperanza en lo creado.

Después estuvimos en una casa de acogida temporal para niños en situación vulnerable. La familia que nos recibió ya era mayor, pero seguía entregando sus fuerzas para cuidar a estos pequeños con amor, disciplina y esperanza.

Verlos nos mostró algo muy sencillo: servir también es cuidar. Amar también es entregar nuestro tiempo, nuestras fuerzas y nuestra vida por otros.

Nunca habíamos visto de una manera tan clara a personas comprometidas con algo tan sencillo y tan profundo como amar y cuidar.

Dios también estaba trabajando en nosotros

Creo que esta fue, finalmente, la parte más profunda de Prisma.

Llegamos con expectativas bastante altas. Pensábamos que iba a pasar algo grande, que íbamos a salir con respuestas claras, que íbamos a entender exactamente qué venía después.

Pero Dios hizo algo diferente.

En lugar de simplemente mostrarnos hacia dónde ir, empezó a mostrarnos qué había dentro de nosotros.

En mi caso, durante mucho tiempo mi identidad estuvo muy ligada a mi lado profesional. También tenía una necesidad de controlar ciertas áreas de mi vida, especialmente lo financiero. Sentir que podía prever las cosas me daba seguridad.

Pero poco a poco entendí que mientras intentaba tener todo bajo control, también estaba dejando menos espacio para confiar realmente en Dios.

Y ahí empezó uno de los procesos más difíciles para mí: aprender a soltar. Entender que puedo obedecer y hacer mi parte, pero que el resultado no está en mis manos. Que Dios puede proveer. Que Dios puede sorprender. Que Dios puede abrir caminos que yo no había considerado.

Creo que, en ese proceso, entendí que Dios no solamente quería prepararme para servirle. Estaba preparando mi corazón para servirle genuinamente.

Y eso también terminó siendo una enseñanza para los dos: seguirle no es simplemente añadir a Dios a nuestros planes.

Seguirle es dejarlo todo. Es morir yo para que crezca Él.

“Seguirle es dejarlo todo. Es morir yo para que crezca Él.”

Aprender a ser enseñables

El proceso de Yhordan fue diferente.

Él tenía conocimientos y sabía hacer muchas cosas, pero en Prisma muchas veces le enseñaban una manera específica de hacerlas. Incluso cuando él sabía cómo hacerlo de otra forma, tenía que aprender a escuchar, repetir y dejarse corregir.

Una y otra vez.

Y creo que Dios también estaba trabajando ahí. Porque podemos tener un corazón dispuesto a servir, pero ser enseñables también es un reto. A veces pensamos que estar disponibles significa estar dispuestos a hacer cualquier cosa, pero también significa reconocer que todavía tenemos mucho que aprender.

Prisma nos mostró que servir no solamente requiere disposición para ir. También requiere disposición para ser moldeados.

Volver a Perú sin todas las respuestas

Salimos de Prisma el 23 de julio. Después pasamos unos días en Barcelona con la familia de Yhordan y finalmente regresamos a Perú el 3 de agosto.

Volver a casa fue hermoso. Pudimos reencontrarnos con nuestras familias, abrazar a nuestros padres, compartir con mis suegros, mis cuñadas y mis sobrinos, y contarles de primera mano todo lo que habíamos vivido. También volvimos a encontrarnos con personas que habían acompañado nuestro proceso desde Perú.

Pero había algo que todavía necesitábamos hacer: procesar.

Habíamos aprendido muchísimo y teníamos ganas de contarlo todo, pero también entendíamos que no podíamos simplemente llegar y soltar tres meses de experiencias sobre cada persona que nos preguntara qué habíamos vivido.

Necesitábamos ordenar lo aprendido. Escuchar nuevamente al Señor. Entender cuáles serían los siguientes pasos. Y todavía estamos en eso.

Prisma no nos dio un mapa con todas las respuestas. Nos abrió el panorama. Nos permitió conocer organizaciones, personas, realidades y diferentes formas de hacer misión. Pero, sobre todo, nos confirmó algo: queremos servir en las misiones.

Todavía no sabemos exactamente dónde. No sabemos exactamente cómo. No sabemos cuándo.

Pero sabemos que si Dios nos ha llamado, Él también será quien abra las puertas.

“Prisma no nos dio un mapa con todas las respuestas. Nos abrió el panorama.”

Fuimos a prepararnos para la misión, pero Dios preparó nuestro corazón

Creo que esta es la manera más sencilla de resumir estos tres meses.

Fuimos a Prisma para prepararnos para la misión, pero terminamos entendiendo que antes de prepararnos para servir, Dios quería trabajar en nosotros.

Quería enseñarnos a confiar. A ser enseñables. A trabajar en equipo. A dejar el control. A esperar. A arrancar raíces. A cuidar lo que está creciendo. A entender que algunos frutos toman tiempo.

Y, sobre todo, a entender que seguirle significa entregarlo todo.

No solamente dejar un lugar, una comodidad, un trabajo o una rutina. Dejar nuestras propias seguridades. Dejar de querer controlar cada parte del camino. Morir nosotros para que crezca Él.

Hoy no tenemos todas las respuestas. Seguimos teniendo preguntas y seguimos atravesando pruebas. Pero hay algo que cambió en nosotros: nuestro corazón vive más confiado.

No porque sepamos qué viene, sino porque sabemos quién va delante.

“Hoy no tenemos todas las respuestas. Pero nuestro corazón vive más confiado.”

Si Dios está poniendo la misión en tu corazón...

Quizás estás leyendo esto y también sientes que Dios te está llamando a servir. Quizás tienes preguntas, miedo o sientes que todavía no estás preparado.

Nosotros tampoco teníamos todas las respuestas.

Nos tomó seis años llegar hasta este punto. Seis años desde que ese sueño comenzó hasta que finalmente pudimos vivir esta experiencia y regresar a casa. Y ahora entendemos que la historia tampoco terminó.

Dios sigue trabajando. Aunque no lo veas, sigue trabajando.

Una amiga me dijo una vez, durante un evento relacionado con misiones, algo que nunca olvidé: “La única manera de ver abrirse el mar es entrando en el mar.”

Y quizás eso es lo que estamos aprendiendo ahora. Entrar. Dar el siguiente paso. Confiar. Aunque todavía no veamos el camino.

Porque cuando Dios llama, también abre caminos donde nosotros no los vemos.

Y si hoy está poniendo la misión en tu corazón, quizás no necesitas tener todas las respuestas para empezar a caminar. Quizás necesitas simplemente estar dispuesto a entrar en el mar.

Porque esta no es nuestra historia. Es la historia de Cristo a través de nosotros. Y al final, toda la gloria será para Él.

“La única manera de ver abrirse el mar es entrando en el mar.”
Familia Cadillo

Familia Cadillo

Hoy, somos Yhordan, Sandra y Aikana, una familia que ha decidido obedecer y confiar en el propósito de Dios.