Ser padre ha sido una de las experiencias más transformadoras de mi vida.
Crecí ayudando a mi mamá a criar a mis tres hermanas menores, asumiendo el rol de figura paterna para ellas.
Siempre pensé que el amor que sentiría por mis hijos sería el mismo que por ellas, pero con Aikna (mi hija), algo cambió.
El amor que siento por ella es indescriptible, y aquellos que son padres sabrán de lo que hablo.
Pero no quiero desviarme del tema, porque si no, me quedo aquí escribiendo sobre mi hija todo el día.
Este amor por Aikna me hizo replantearme muchas cosas.
El Yhordan de hace tres años jamás hubiera imaginado que, en ocasiones, para tomar decisiones es necesario meditarlas muy bien antes de dar el paso.
Y eso es lo que más me hace entrar en conflicto entre mi llamado y mis temores como padre.
¿Realmente mi hija se merece que cambie su estilo de vida por mi «aventura loca» de dedicarme al ministerio?
La vida en el ministerio no es fácil, y como dice Pablo en sus cartas:
"Nos vemos atribulados en todo, pero no aplastados; perplejos, pero no desesperados; perseguidos, pero no abandonados; derribados, pero no destruidos." (2 Corintios 4:8-9)
Esto resuena profundamente conmigo, porque a veces me da miedo pensar que puedo exponer a mi familia a dificultades o, peor aún, no ser capaz de cumplir con mi rol de padre y protector.
Una lección de confianza en Dios
Recuerdo un momento muy concreto que me ayudó a encontrar claridad. Fuimos invitados a Arequipa para dar un taller. Para ese entonces, Sandra ya estaba embarazada y Aikna le estaba haciendo la vida imposible con sus constantes náuseas. (¡La verdad es que es muy llorona! —¡Perdón, mi amor!).
La invitación nos emocionó mucho. Ya teníamos los pasajes, todo estaba listo, pero a medida que se acercaba el día del viaje, las náuseas de Sandra se intensificaron. Yo empezaba a preocuparme por cómo manejaríamos la situación en el viaje.
En Arequipa, una iglesia amiga nos ofreció hospedarnos en una casa. Al principio me pareció genial, pero dos días antes del viaje, empecé a dudar. Llegué a casa y vi a Sandra completamente agotada. ¿Cómo íbamos a manejar la situación sin las comodidades necesarias?
Esa noche, mientras buscaba opciones con baño privado, vi el recuerdo de nuestro matrimonio con el versículo:
"Yeshua es nuestra herencia." (Salmo 16:5) Fue como una voz interna que me decía: "¿Por qué te preocupas? Yo soy tu herencia, y te cuidaré." Entonces recordé: "Mi Dios, pues, suplirá todo lo que os falta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús." (Filipenses 4:19)
La fidelidad de Dios en los pequeños detalles
Llegó el día del viaje. Nos recibieron con mucho cariño, pero mi mente seguía preocupada. A pesar de confiar en Dios, la inquietud no desaparecía. Finalmente llegamos a la casa y, para mi sorpresa, ¡el cuarto tenía baño privado!. Dios había cuidado de nosotros incluso en los detalles más pequeños.
En ese instante, oramos y agradecimos Su fidelidad. Me di cuenta de que, a pesar de mis temores y dudas, Dios estaba en control. Ese día entendí que la verdadera preparación para la misión comienza en el corazón. Aunque como padres tenemos miedos y preocupaciones, nuestra fe y confianza en Dios son lo que nos guía.
La misión es un camino de fe
La verdad, no tengo ni la más mínima idea de a dónde el Señor nos está llevando. Sé más o menos la ruta, pero ciertamente estoy dejando que Él trace las líneas del camino. La misión no es fácil, especialmente cuando involucra a nuestra familia. Los desafíos emocionales y espirituales nos hacen cuestionar nuestras decisiones, pero también nos permiten fortalecer nuestra fe.
Estoy seguro de que Él se encargará de los detalles y nos guiará hacia lo que necesitamos.
"Porque yo sé los planes que tengo para ustedes—declara el Señor—planes de bienestar y no de calamidad, para darles un futuro y una esperanza."







